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Dolores Castro: Mujer con mayúscula

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Contenido
Dolores Castro: Mujer con mayúscula
Siete hijos, nacidos “porque yo quise”
El grupo de Ocho Poetas: “ Los buenos amantes comparten los libros”
La pobreza enseña a valorar las cosas y las personas
El orden implacable de la poesía
No ser iguales a los hombres en lo que ellos han fallado
Zacatecas, ciudad esculpida donde todo habla de Dios
Artículo completo

Mujer con mayúscula

por Adriana del Moral Espinosa

La entrañable poeta Dolores Castro participará en el ciclo Literatura en voz alta , donde conversará con Lucía Rivadeneyra sobre su obra, los proyectos que planea desarrollar en el futuro y los intereses temáticos que han regido su escritura. La cita es el domingo 17 de julio a las 12:00 horas en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Dolores Castro es una mujer entrañable. Poeta, madre, esposa, maestra y amiga, para todos los que la conocen es imposible evitar una sonrisa al pensar en ella. Lolita, como la llaman muchos de los que la quieren, transforma con su trato el ambiente. La sonrisa es su atuendo característico, las palabras son sus compañeras fieles.

Lolita vive en la colonia Lomas de Sotelo, rodeada de plantas. “Al casarnos estrenamos esta casa”, explica refiriéndose a su marido, el también poeta, Javier Peñalosa. En su sala, sillones acogedores dan la bienvenida, en medio de los montones de libros que no podían faltar en casa de quien ha pasado tanto y tan feliz tiempo con las palabras. Los libros, adquiridos en su mayoría por ella y por su marido, fueron testigos también de la historia de amor entre dos personas consagradas a la literatura y a la familia.

 

A sus ochenta y dos años, la autora de Cantares de vela , recuerda todavía su infancia. Estudió unos años en el Colegio Francés, que ahora es el Colegio Francés del Pedregal, pero que entonces estaba en Mayorazgo, en la colonia del Valle y “tenía puras maestras francesas”. Recuerda que después de las clases se quedaba a estudiar francés, “porque yo no entendía ni papa”... dice riendo. “Me costó mucho... todo era en francés.”

Además, en la escuela “tenían unas reglas como de la edad media”. Recuerda que las monjas le hacían dictados dificilísimos. “En las tardes nos llevaban a unos jardines bonitos que tenían para coser.”

“Coser no me gustaba mucho. Tejer sí. Hice a mano una camisa de dormir, y un mantel que me ayudó mi abuelita a terminar”, ríe. “No son muy gratos mis recuerdos del Colegio Francés. No me gusta la disciplina rígida en ninguna parte; ni en familia, ni en la escuela. Uno debe tender a una libertad, sin que sea desorden, pero una libertad.”

También tiene un recuerdo entrañable de Rosario Castellanos, escritora con quien convivió hasta que ella falleció en Israel. “En tercero de secundaria conocí a Rosario, y para mí fue como una amiga y una maestra a la vez, y casi casi hermana, porque ella no tenía familia y yo tenía cuatro hermanas. Entonces llegaba a mi casa y era como una hija más.”


Siete hijos, nacidos “porque yo quise”

 

Es madre de cinco hombres y dos mujeres, a quienes llama medio en broma “elemento civilizador”. Para ella “es muy distinto educar mujeres que educar hombres, si es que uno educa”, ríe. Cuenta que los hombres ocupaban dos habitaciones contiguas, reconocibles por el reguero de zapatos y demás pertenencias que había en ellas. “Cada uno de mis hijos nació porque yo quise”, afirma convencida.

Sus hijos se llevan un año entre ellos. Criarlos fue un constante escándalo, un tiempo muy difícil, y “muy bonito”, recuerda con cariño. Siempre disfrutó mucho a sus hijos, sobre todo “en la adolescencia, aunque fuera difícil, y luego fueron personas con las que podía conversar.”

Javier “es periodista y tiene también bastante facilidad para escribir”, trabaja en relaciones públicas. Ignacio es doctor en biología y funcionario de la ENEP Iztacala de la UNAM. Eduardo es psicólogo, está a punto de terminar un doctorado en formas de aprendizaje a distancia. Gustavo siguió la carrera de literatura española y dirige Lirio , una editorial independiente. Alejandro estudió biología, pero es director del departamento de cómputo del diario El Universal . Lolita estudió pedagogía y trabaja en la Biblioteca Nacional. Isabel trabaja en una oficina de relaciones públicas.

“Todos casados, Lolita divorciada. Ya ninguno vive aquí”, dice la maestra mirando sin nostalgia las múltiples puertas y adecuaciones que se han hecho a la casa a través del tiempo. En su misma cuadra viven un hijo y una hija suyos. Comenta riendo que “en casi todo Lomas de Sotelo vive la familia”.

Tiene trece nietos, que en realidad eran catorce, pero una de ellos, hija de Ignacio, murió a los dieciocho años en un accidente automovilístico. “Esa es mi vida”, resume con una sonrisa.

“Igual que pasa con los hijos que de pronto se independizan, así pasa con los poemas, como que se independizan. Fueron parte muy importante de una vida interior, pero ya son independientes,” explica refiriéndose a sus numerosos libros de poesía.

Explica que la última antología bilingüe francés-española que le publicaron en París le trajo grandes satisfacciones, ya que le permitió conocer de otra forma esa ciudad, porque antes la había visitado sólo en invierno. “Ahora la conocí en plena luz, y movimiento y hermosura.”


El grupo de Ocho Poetas: Los buenos amantes comparten los libros”

 

— ¿Cómo conoció a su esposo Javier Peñalosa?

— Alejandro Avilés, del grupo de Ocho Poetas que siempre nos reunimos, nos hizo una entrevista a Rosario Castellanos, a mi esposo, a otros de los ocho y a mí. En la primera reunión que sostuvieron después de las entrevistas no asistí; a la segunda asistí y fue una reunión preciosa. No paramos de reírnos como de las ocho de la noche que llegué hasta las tres de la mañana que nos separamos. Eso [me valió] una buena regañada, pero valió la pena.

Nos reuníamos cada ocho días, incluso algunos ya nos conocíamos. Yo trabajaba con Magaloni, que era el director de la revista Poesía en América que distribuía Cuadernos Americanos. Octavio Novaro fue después mi concuño, cuñado de mi esposo. Roberto Cabral del Hoyo era de Zacatecas, como el resto de mi familia.

(Cuando conoció al que sería su esposo, Dolores tenía treinta años y Javier treinta y dos. Se casaron al año siguiente.)

En esa época, ¿no se consideraba que usted ya era grande para el matrimonio?

— Sí...pero eso tuvo muchas ventajas, porque antes ya había estudiado en Europa un año, en Madrid. Entonces ya quería yo tranquilizarme, casarme y tener una familia, y eso fue lo que sucedió. Por otra parte, eso me sirvió para que yo pudiera seguir mi vocación de escritora porque mi marido era periodista, escritor y poeta. Nos llevamos tan bien que fui de las pocas personas felices en el matrimonio. Yo siempre adoré a mi marido. Nuestros hijos eran una gran felicidad para los dos.


La pobreza enseña a valorar las cosas y las personas

 

Los dos escritores y con siete hijos, supongo que a veces fue difícil mantenerlos...

— A veces era casi imposible, pero es por eso que creo más en la divina providencia. Decía yo ‘ahora, ¿cómo vamos a solucionar esto?: niño enfermo, no han pagado a tiempo…'. Al principio el sueldo de mi esposo era lo fundamental y yo trabajaba a veces. Siempre él trabajaba como freelance, que antes se llamaba destajo. Era muy difícil. Pero la pobreza no es mala, la miseria sí. La pobreza le enseña a uno a valorar las cosas, a las personas. La dificultad también va haciendo crecer a la gente y a los hijos.

— ¿P or qué se fueron a vivir a Veracruz?

— Porque mi marido se enfermó muy gravemente. Él decía que en el 68 cuando vimos todo lo que ocurrió (...) porque esa noche del 2 de octubre del 68 él y yo vimos todo el horror aquel. Me acuerdo que se le salieron las lágrimas de horror. Después de eso tuvo un ataque a la vez de corazón y pulmón. Se restableció como seis, siete meses después del dos de octubre, y el doctor dijo que debía estar al nivel del mar ya para siempre.

Nos fuimos a Veracruz con todos los muchachos. Mi hija menor todavía no cumplía los seis años. Ahí duramos casi tres años, pero dijo mi marido: “Prefiero morirme en el Distrito Federal, pues esa es mi provincia.” Entonces regresamos acá, y él estuvo ya con la salud muy mal, pero llegó a dirigir un Centro de Documentación en Masaryk. Luego se empezó a agravar y murió [cuando] la más chica tenía trece años.

Yo me quedé con los hijos y sin dinero, porque además él necesitaba oxígeno todo el tiempo...pero me creerás que en todo ese tiempo no dejé de leer y de escribir.

(La muerte de su esposo, tras más de veinte años de matrimonio, fue un episodio muy doloroso para ella. “Cuando murió él se me desapareció como la mitad de mi vida.” Sin embargo, ante la enfermedad de su marido, había tomado ya algunas precauciones, “desde antes yo veía venir lo que iba a suceder. Me actualicé en muchísimas cosas.” Así, consiguió trabajó de tiempo completo en el Seguro Social, y además trabajó en todo lo que pudo; “salimos adelante”, recuerda.)

— ¿Cómo le hizo para combinar el trabajo con el cuidado de sus hijos pequeños?

— Desde que nació la última de mis hijas, yo siempre he tenido una auxiliar. Se llama doña Cástula. Ella me ayudó muchísimo en todo. Se hizo cargo de la casa, era buena hasta para educar a mis hijos cuando yo no estaba. Hasta en el último libro mío le hice un poema, porque realmente es una mujer como pocas en la vida. Ya para mí es como una hermana, no una gente que me ayuda.

(Dolores interrumpe la entrevista para presentar a doña Cástula, que es como su ángel de la guarda. Bajita, de piel morena y una sonrisa blanquísima, la señora reconoce que también Lolita ha sido un ángel para ella,”porque es muy generosa y muy buena”. El afecto que se tienen las dos mujeres es evidente. Pronto, doña Cástula desaparece por una pequeña puerta y vuelve a sus labores domésticas.)

—En todo el proceso de tener hijos y cuidarlos pequeñitos, siguió escribiendo, ¿verdad?

— Seguí escribiendo, con mayor razón, porque las mujeres podemos sentirnos a veces como más próximas a ser animales que seres racionales cuando están todos los niños chiquitos. O bien a sentirnos cosas, porque el arreglo de la casa, la limpieza y todo eso también esclaviza. Pero si uno tiene la literatura, y sobre todo la poesía…La poesía es la que me ha sacado adelante siempre, porque es mucho más ordenada que la vida. Si tú tienes la poesía como auxiliar el amor no se acaba. El amor a la vida, a la naturaleza, a la gente; porque la vas viendo con mayor profundidad; con mayor profundidad vas aquilatando todo.


El orden implacable de la poesía

 

El poema ¿Qué es lo vivido? Lo escribió tras la muerte de su marido. “Creo que un poema así siempre responde a un interrogante muy profundo, a una especie de problema anímico. Yo me sentía como fragmentada, no encontraba mi lugar, ni nada, y fui a Zacatecas. Y al regresar de Zacatecas encontré una forma de expresar ese poema.”

¿Qué tiene dentro un poeta?

— Tiene una gran necesidad de entender el mundo, porque tiene un gran amor a la vida. Es como resolver un rompecabezas, porque uno llega a la vida sabiendo que va a morir, y que en este corto lapso tiene que descubrir para qué vino, quién es, de dónde viene, hacia dónde va. La mayor parte de estas respuestas, a mis ochenta y dos años, no las he encontrado. Pero sí he tratado de ver con la mirada más profunda, lo que ocurre, lo que cambia, lo que queda. Dentro de mí hay una necesidad todavía de seguir averiguando qué pasa. Además tengo alegría de vivir, necesidad de conocer más. Ya que sólo una vez estamos en la vida, hay que aprovecharla.

— ¿La poesía es entonces una actitud ante la vida, aunque uno no escriba?

— ¡Claro que es una actitud ante la vida!, y desde que abres los ojos. Mi mamá le escribió una carta a mi papá porque él no estaba cuando yo nací en Aguascalientes, y mi papá estaba viajando porque era agente del Ministerio Público. En la carta le decía mi mamá: “Ya tienes una nueva hija. Es morena, pero tiene los ojos muy vivos.” No los tuve grandes, pero vivos sí.

—El papel que para usted tiene la poesía, ¿ha cambiado a lo largo de todos estos años dedicados a escribir poemas?

— Yo creo que ha cambiado, pero nunca ha dejado de ser un interés profundísimo. Ha cambiado porque cada vez tengo más necesidad de comunicar y comunicar bien. Comunicar con un trabajo constante para que la palabra sea transparente.

— ¿Escribe cada vez más?

— Sí, escribo cada vez más, no sé si cada vez mejor.

La ciudad y el viento es la única novela publicada de Dolores Castro. Pero en su tiempo, recibió una crítica tan feroz que la hizo pensar “yo no soy para escribir narrativa.” Sin embargo, Lolita cuenta: “últimamente un investigador de Estados Unidos me dijo que le había gustado mi novela, y Severino Salazar, un zacatecano, me dijo ‘yo escribí mis novelas porque leí La ciudad y el viento'.”

—Usted ha impartido muchos talleres para jóvenes, ¿piensa que ha cambiado la forma en que los muchachos de ahora se acercan ahora a la poesía?

— Lo que veo es que hay una multitud de muchachos que se acercan a la poesía, porque ese caos en el que vivimos invita a tratar de resolverse. Pero a veces muchos muchachos se acercan a la poesía en una forma que no es la mejor, que es el desahogo. Y los que se acercan en esta forma generalmente es porque no leen suficiente; porque para poder escribir poesía se necesita también leerla. Uno va construyéndose como poeta y como persona con una tradición que le respalda. Y si uno conoce esa tradición a través de la lectura, puede situarse en el ayer, en el antier, o en el antes de antier.

Quizá sea imposible pensar la poesía mexicana sin la influencia de Dolores como maestra de incontables alumnos. Entre los que le vienen a la mente en el instante, recuerda a Raúl Tapia, que todavía toma clases con ella; a Edna Ochoa, que está terminando un doctorado en Estados Unidos y a Raquel Olvera, quien a su vez dirige el taller de percepción poética Cardo.

También recuerda con cariño a Mauro Ramírez, ganador del premio Nezahaulcóyotl el año pasado quien “tiene una fuerza expresiva realmente extraordinaria”. Dos cuadros suyos se encuentran en la casa de la maestra. Uno muestra unos alcatraces, y otro es un retrato de la propia Lolita.


No ser iguales a los hombres en lo que ellos han fallado

 

— En los ochenta usted decía que la poesía de las mujeres todavía no alcanzaba a decir todo lo que diría cuando las mujeres fueran libres. ¿Siente que en esta época ya lo somos?

— Las mujeres tenemos que ser libres, tenemos que luchar por eso. Una libertad que no consista en agredir la libertad de otro o transgredirla. Actualmente con esa libertad (...) hay una literatura femenina erótica que muchas veces no consiste más que en quitar una mordaza que alguien tenía y decir todo . En ese todo no está transformada la palabra en poesía. La poesía erótica femenina o masculina [merece] mis respetos, siempre que no sea sólo una descripción del acto erótico por todos conocido.

— ¿Piensa que ahora hay mejor poesía erótica de la que había antes?

— Puede que más abundante, mejor no tanto. Por ejemplo, hay un poeta de Toluca que tiene un libro de poesía erótica magnífica. Pero entre las mujeres sí hay veces que solamente es como una especie de coquetería o una descripción que no añade peso al mundo. Falta un trabajo femenino para poder comunicar libremente la poesía erótica que no sea falta de significación.

— ¿Siente que esa búsqueda poética sea más difícil para las mujeres que para los hombres?

— Sí, porque las mujeres tenemos muchas trabas de educación, de entorno social. Muchas veces dicen que en México somos las madres las que hacemos a los hijos machistas. Yo digo ‘no somos las madres'. Es una cultura ya de muchos años que permite esto. Y la cultura no se puede modificar en unos cuantos años.

— Usted ha comentado que cuando era joven le daba pena escribir poemas que fueran cursis, y que trató de escribir textos más irónicos. Pero finalmente su poesía es una poesía muy dulce.

Traté de no ser cursi...empezando por mi papá que me dijo: ‘Qué horror. Una mujer…y poeta', y que las mujeres son cursis por naturaleza. (Una risa la interrumpe antes de proseguir) Entonces evitaba yo lo cursi. Lo cursi es lo que aspira a la grandeza y se queda en el camino. También [les pasa] a los hombres. Es como decía Rosario Castellanos: se puede ser o poeta o poetastriso.

— ¿Usted cree que hay ya mujeres que escriben como hombres, o que el género pesa menos al momento de escribir que en el entorno social?

D icen que la poesía no tiene género; eso es cierto, pero las mujeres sí lo tenemos. Entonces yo creo que sí hay mujeres que van encontrando una forma de expresión, que si bien no es totalmente diferente de la de los hombres, tiene cauces que son propios de una mujer por su educación, bueno…y por su género.

Sí, la poesía es universal, pero creo que las mujeres tenemos una forma más próxima al acercarnos a la naturaleza. Y aunque la condición de madres es también corta, dura pocos años, tenemos como una necesidad de proteger al resto del mundo, o de gallinas salvadoras bajo las alas. Además, no tenemos por qué liberarnos para ser iguales a los hombres en lo que ellos han fallado. Nosotras debemos encontrar nuevos caminos.


Zacatecas, ciudad esculpida donde todo habla de Dios

 

— ¿De las ciudades donde a vivido, cuál sería su favorita?

(Sin dudarlo un segundo, responde: “Zacatecas”.)

— Quiero mucho a Aguascalientes. Ya como adulta mayor, como se dice ahora, he recibido mucho cariño de la gente de Aguascalientes. Y he podido también apreciar lo que es mi ciudad natal. Si yo me fuera a vivir a algún lado, me iría a vivir a Aguascalientes. Es una ciudad muy grata, de todo a todo, fácil la vida allí. Pero... ya es mi provincia el Distrito Federal.

En cambio Zacatecas es una ciudad con la que todavía sueño. Sueño en las noches que estoy allá y que voy a ir a correr. Es una ciudad inolvidable, con una fuerza de atracción que quien ha nacido allí o vivido ahí nunca olvida. Es una ciudad que algunos dicen no fue edificada, sino esculpida. Y la gente tiene una fuerza, que qué bárbaros. Mi papá [que era de allá] tenía ochenta y tantos años, y todavía trabajaba mañana y tarde.

— ¿Se considera una mujer religiosa?

— Yo sí me considero religiosa. Y si esto quiere decir ligarse uno a nuevamente; a Dios, sí soy religiosa. La naturaleza y todo me habla de Dios. Pero lo que sí no soy, y siempre me he defendido de ser, es mística. Porque esa diferencia entre religiosidad y misticismo es enorme. A mí nunca me ha contestado Dios. Quizá dentro de mí hay inspiración, conciencia, porque en la conciencia habita Dios.

No soy mística. Un día voy a ver a Dios, ya que me muera. Ahí hay una diferencia grande. Creo que la respuesta está en eso que les respondía mi marido a los hijos cuando les preguntaba: ‘Oye papá, ¿hay Dios?', y él decía: ‘Pues no te voy a contestar yo. Nada más ve todo a tu alrededor‘.

Soy católica, apostólica y romana y voy a misa y todo. Y por lo tanto a veces protesto contra algunas cosas. Estoy mucho más cerca de la teología de la liberación, pero soy católica, sí.

Mi papá era anticlerical de raíz. Mi mamá era de las que cumple con todas las cosas de la religión. Esa discusión constante entre mi papá y mi mamá me formó a mí. Uno pasa por estudiar algo de filosofía, estudiar tantas cosas que están en contra de la religión…pero yo sigo siendo creyente, sigo siendo católica.