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El presentimiento de la verdad: Inés Arredondo

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El presentimiento de la verdad

por Miguel Ángel Quemain

Quisiera llevar el hacer literatura a un punto
en el que aquello de lo que hablo no
fueran historias sino existencia, que tuvieran
la inexpresable ambigüedad de la existencia.
―Inés Arredondo

Decía Hegel que la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene libre de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella en el absoluto desgarramiento. Esa es la imagen sútil, duradera y vigorosa que tengo de Inés Arredondo y su literatura. Ambas poderosas y  libres.

Conocí a Inés Arredondo (Culiacán, Sinaloa, 1928 - ciudad de México, 1989) cuando publicó su tercer libro de cuentos: Los espejos (1988). Para entonces, sólo conocía los cuentos reunidos en Río subterráneo (1979), apenas doce historias que repetía y leí con los  amigos más cercanos. El ejercicio periodístico me permitió el acercamiento y ella me favoreció con su amistad. La entrevista y el diálogo se multiplicaron. Unas veces por teléfono y otras en  su casa. La objetividad de una entrevista se veía comprometida cada vez más por las confesiones personales, con opiniones que sólo pertenecían al dominio del gusto y que jamás hubiera expresado en público.

Quería ser el mejor escritor mexicano y combatió, con el ejemplo, el estúpido prejuicio que distingue entre literatura y literatura femenina. Tuvo el valor de convocar a todos sus ángeles y demonios a la misma mesa y hacer del aquelarre un festín de imaginación.

Inés, ¿hay escritoras y escritores?

―Hay escritores, las mujeres estamos haciendo muy mal en decir: "la mejor escritora", "es de las mejores escritoras". Yo no soy escritora, yo no quiero ser una de las mejores escritoras. Quiero ser uno de los mejores narradores de México junto con los hombres, yo creo que las mujeres nos estamos discriminando solas. A mí me interesa mucho saber qué piensa un hombre y si les suceden las mismas cosas que les suceden a las mujeres, pero esto a las mujeres parece interesarles poco o no lo dan a conocer. A mí las escritoras que me importan no me importan porque laven platos, lo que me interesa saber qué les sucede cuando los lavan.

Inés mostró que la vida y la literatura sólo son posibles y verdaderas en la libertad y el diálogo. Lo logró con sus amigos y con sus personajes, esos seres de tan difícil libertad. Con involuntaria pedagogía enseñó que no hay artista sin mirada visionaria y oídos abiertos. Sabía escuchar y transformaba en luz las historias opacas de otros, a quien no dejó de escuchar con atención y sorpresa: "en la historia desordenada de alguien hay que poner un orden, es uno de los motivos de mis cuentos".

Sabia y vital, profundamente vital, supo y reconoció que "la literatura no le ha dado un orden a mi vida sino que la ha hecho  posible; sin literatura yo no puedo vivir". Hubo quienes vieron en su obra nuestro lado perverso, eso que otros nombraron la literatura del mal. No discrepo, nos arrojó en la cara, con su mejor sonrisa, lo que somos. Cada página es un espejo que nos muestra esa vida que presentimos, que deseamos, con que soñamos y que deshacemos con repulsión todos los días.

La penúltima vez que me despedí de Inés fue en su casa, después de una cena donde un conjunto de amigos escuchamos un diálogo luminoso, apasionado, intenso que sostuvo con Juan Vicente Melo. Otra vez multiplicó su juventud y su infancia ("Mis fuerzas de niña, que fueron las mejores..."). Nos recordó que la memoria, la imaginación y la literatura poseen  también "la inexpresable ambigüedad de la existencia".

"Elegir la infancia, escribió, es, en nuestra época, una manera de buscar la verdad, por lo menos una verdad parcial. Ya no orientamos nuestras vidas hacia el merecimiento de un paraíso trascendente, sino que damos trascendencia a nuestro pasado personal y buscamos en él los signos de nuestro destino. Es evidente la pobreza relativa de ésta aventura enmarcada sin remedio dentro de las limitaciones de cada uno y de la infancia misma; salta también a los ojos la nueva limitación que le impone la moda del análisis psicológico, pero a pesar de todo, al interpretar, inventar y mitificar nuestra infancia hacemos un esfuerzo entre los posibles, para comprender el mundo en que habitamos y buscar un orden dentro del cual acomodar nuestra historia y nuestras vivencias."

Esta introducción que Inés Arredondo hizo a la serie de conferencias que Joaquín Mortiz editó bajo el título Los narradores ante el público (Joaquín Mortiz, 1966), define en gran parte una posición frente a la literatura, el valor de las historias, su concepción del personaje y la personalidad de uno de nuestros cuentistas más importantes, imprescindible.

Vida y literatura se funden como vocación: "creo que en la vida es posible escoger entre el total informe de sucesos y actos que vivimos, aquellos pocos e insustituibles con los cuales se puede interpretar y dar sentido a la vida; creo también que ordenar unos hechos en el terreno literario es una disciplina que viene de otra más profunda en la cual también lo fundamental es la búsqueda de sentido. No sentido como anhelo, dirección o meta, sino como verdad o presentimiento de una verdad".

¿Qué funda la infancia?

―En mi la infancia ha fundado totalmente una utopía. Así la viví y aún la vivo. Completamente. Fue como un sueño, casi como un sueño. Es por eso que he podido vivir. Mi infancia es fundamental, lo es para todos, pero la mía fue muy especial. Fue al lado de hombres creativos y en cierto modo artistas. La infancia en casa de mis abuelos, es lo que me ha sostenido durante toda la vida...

Como sucede en la obra de Jesús Gardea, en la de Inés Arredondo, el sol es un elemento fundamental. Corazón de luz en la paleta de donde toma los colores de su paisaje aunque éste no corresponda, por lo general, a una locación concreta, ni ceda a la tentación de crear un lugar mítico como Placeres o Comala. El espacio físico en su obra guarda una constante contigüidad con una naturaleza dócil que rodea la vida doméstica pero también inhóspita, rebelde y hostil que pesa sobre los hombros de sus personajes.

Supongo que esa patria infantil tiene lugar en Eldorado (entre el mar y la margen norte del río San Lorenzo), un lugar que es resultado de la voluntad y el trabajo, de la fortaleza capaz de hacer posible ese viejo sueño de la tierra prometida: "dos hombres locos, relata Inés, padre e hijo, en dos generaciones; inventaron un paisaje, un pueblo y una manera de vivir. Mi abuelo fue cómplice de los dos, y trazó y sembró con sus manos las huertas que yo creí que habían estado allí siempre. Él ayudó con toda su vida a lograr la realidad inventada que yo viví. Y que fue hecha para eso, para vivirla y no para hacer literatura, lo sé. Pero cuando uso esa realidad es con la conciencia de que tiene un peso real por sí misma aparte del que pueda tener en mi vivencia".

Eso quiere decir que la ciudad de México no la motiva como paisaje de sus personajes...

―No es eso. Lo que pasa es que conozco mejor la provincia aún cuando he pasado la mayor parte de mi vida aquí, en la capital. En la provincia la gente está más viva, las historias de cada quien forman como un patrimonio colectivo. En cambio la ciudad de México es fría, sólo nos reunimos con un propósito muy definido porque las distancias son muy grandes. Por ejemplo, tú, ¿tendrás la heroicidad para venir a verme sin la intención exclusiva de hacerme una entrevista?, ¿cuándo vendrás aquí de nuevo, con el único objeto de que nos volvamos a ver?

Su infancia se caracterizó también por la lectura. Se suele afirmar que una mujer que lee, es una mujer que se refugia de algo o de alguien. ¿En su caso, esto es cierto?

―Tal vez. No lo sé muy bien. Pero recuerdo, cuando niña, a los ocho años mi padre me regaló cincuenta volúmenes de la colección Austral. Los fui leyendo uno por uno, aunque no entendiera. Un vicio por leer. Cosa curiosa en una familia donde éramos siete hermanos, yo la mayor. Creo que entonces les tenía miedo porque correteaban y peleaban tanto, que yo prefería un rincón, que me dejaran en paz y leer. Después estudié literatura, me casé, tuve a mi hija mayor, luego tuve una pérdida muy grande y ahí comencé a escribir para vencer al dolor. Trataba de traducir del francés cuando empecé a hacer otra cosa. Una cosa que al principio no sabía qué era y que resultó mi primer cuento: “El membrillo”, con ese cuento llegó ese don inexplicable que es la escritura.

La vida, su vida, reclamó entonces la presencia de la literatura... ¿se combinan, en su caso, vida y literatura?

―La literatura no le ha dado un orden a mi vida sino que la ha hecho posible, sin literatura yo no puedo vivir. Las historias de mi infancia no tienen que ver con mi literatura, tienen que ver conmigo como escritora... pero no con mi literatura. Me interesa contar una historia, hacerla que trascienda a sí misma. Esa es mi meta. No me importa si sucedió o no. Si un pedazo de historia real me sirve lo uso y lo demás lo desecho... Yo quiero obedecer ese mandato de orden de las cosas en mis cuentos. Por eso digo a veces que en la historia desordenada de alguien hay que poner un orden. Las historias no se dan seguidas, se dan a saltos, entonces hay que atrapar el salto que es esencial, para con él hacer una nueva historia aunque se sea infiel a la historia verdadera. Otro camino es inventarlo todo, hacer una historia con la obsesión que uno tenga. Hay otros cuentos que no son tan inventados, tan alambicados, majados, sino que vienen de historias verdaderas, ésos son los que me salen mejor porque como sé la historia, sólo tengo que buscar la señal para contarla. Sé muchas historias, lo que no tengo para ellas es la señal. Por eso escribo poco, porque yo tengo que recibir el tono del cuento, eso no lo puedo inventar. Se me da y se me da generalmente en una frase que empieza a movilizar todo el pensamiento del cuento, entonces surge la dificultad de buscar quién va a contar el cuento y empezar a hacerlo con el tono que me fue dado, si la frase originaria sale del texto no importa, ya le dio el tono...

Me sorprendió la crudeza y lo bello del cuento “Opus 123”, ¿es una de las historias conocidas sobre las que encontró una señal?

―Sí. Toda la historia es inventada. Aunque de pequeña oí que decían que a la vuelta de la esquina vivía un pianista que fue muy famoso, que para no molestar se la pasaba tocando un piano sordo, sobre un teclado sin música para no perder la agilidad de sus dedos. Parecía que tenía problemas de homosexualidad, aunque nunca se dijo, creo que era eso. Fue todo lo que yo supe, y que no se dejaba ver por nadie. Vivía solo al fondo de su casa con su teclado.

Inés, usted ha señalado que no cree en los determinismos, ni en los geográficos, ¿este personaje los padece?

―No, si él hubiera tenido un poco de valor se hubiera salvado pero era débil y la madre lo acabó de rematar, lo acabó de por vida cuando le confesó que se lo había llevado a Europa para evitarle al padre la vergüenza de tenerlo a su lado, y no por él. Eso lo mató, ya no quiso salir de ahí, o ya no pudo... más bien creo que no pudo porque había estado sometido toda la vida a la tutela de la madre. No creo en el determinismo, pudo ser otra historia, pero otra también la historia del personaje.

La pasión, el amor, el mal, la pureza, la prostitución son algunos de los temas en sus cuentos...

―Todos esos temas y además agrega uno que se te olvidaba, el de la muerte. El amor‑pasión muchas veces termina con la muerte, las pasiones exaltadas tienen esa marca, que, aunque no se produzca la muerte, está presente. Ahora, desde “El membrillo”, mi primer cuento, hasta el último que cierra Los espejos, “Sombra entre sombras”, lo que yo quería saber era qué era la pureza y qué la prostitución. Eso era una idea muy fuerte para mí; como dice Juan García Ponce, los verdaderos escritores, espero contarme entre ellos, viven siempre de obsesiones. En “El membrillo” uno de los personajes nos habla de la dificultad del mundo, de su imperfección, la inocencia se ha perdido, la pureza no, y en el último cuento invento cuanta barbaridad se puede inventar para llevar hasta sus últimos límites ésta inquietud mía, para decir si ésta mujer es una prostituta, pero no, sigo con la duda, porque ella hace toda esa serie de aberraciones, o se presta a ellas, por amor, entonces yo todavía no me atrevo a juzgarla... Muchas veces encontramos la pureza en el corazón del perverso, de la perversión misma. Y, déjame decirte... a veces la locura es el espacio de la iluminación, ahí encontramos una intimidad que por lo general pasa desapercibida, pero también está ligada a esa idea del mal, que tanto nos atribuyen a Juan Vicente, a Salvador (Elizondo), a Juan (García Ponce) y a mí. No digo que el mal no exista en mi literatura, pero existe como el mecanismo más eficaz para devolverle la pureza a alguno de mis seres.

¿El camino de la purificación empieza cuando se termina el temor a la muerte…?

―Realmente no lo sé. De mis personajes sé poco, lo que me van dejando ver. Me van dejando una brecha para seguirlos, yo no los obligo a nada, ellos saben sus destinos y sus historias... Se suele decir que los enamorados temen a la muerte, sin embargo cuando el amor se emprende místicamente ese temor, y la muerte misma, se superan, y esa es una de las formas de la pureza: cuando dos seres que se aman hablan el mismo idioma y se forma una sola alma....

¿Esto significa asumir la escritura como una lectura?

―Sí, precisamente.

Inés, ¿por qué una obra tan breve?, ¿qué esperamos después de Los espejos?

―A Rulfo le llevó sólo un libro de ventaja, y mi pequeño libro sobre Jorge Cuesta, al que nadie le hace caso más que los cuestianos, que somos muy pocos. Respecto a lo que sigue, no sé. Como ya te dije que me soplan... bueno, yo le digo de otra manera pero es más cursi porque digo que a mí me escupe el espíritu santo, pero como el espíritu santo es una paloma y las palomas no tienen saliva, me escupe muy de vez en cuando, entonces yo tengo que esperar la señal. Además necesito que me cuenten historias y yo llevo diez años (estamos en 1989) sin tener una vida social, entonces no sé historias.

¿No le funcionan las historias de los periódicos?

―Puede ser, creo que sí, pero los periódicos sólo cuentan los hechos sangrientos, no cuentan otro tipo de historias y yo con lo criminal no voy... ¿en qué sección de un periódico crees que encontraría historias para contar?... no hay, y para contar hechos de sangre... ya es bastante negro nuestro panorama, es suficiente vivirlo para además escribirlo.... Además lo que busco es difícil de encontrar en una nota de periódico porque lo que busco está en el interior del personaje, en sus raíces afectivas más profundas. Aún en mis historias infantiles ésta búsqueda está presente. Son seres reales y no los presento como categorías abstractas. Si algo significan, es por su indefectible individualidad. Las vicisitudes cotidianas y sociales no me importan demasiado.

En los cuentos de sus tres libros hay un conjunto de recurrencias temáticas, de personajes, de ideas que si se retomaran en función de su parentesco, permitirían la posibilidad de pensarlos novelísticamente, ¿por qué no ha explorado en la novela?

―Sí lo he intentado, pero no quedo conforme. Hay un espíritu de síntesis que me lleva a percibir lo escrito como demasiado holgado, con mucha paja. Como has anotado la recurrencia temática, los ecos entre algunos cuentos permitirían hacerlo. Te confieso que hay dos cuentos incluidos en La señal, “Estío”, con el que abro el libro y “El árbol”, que guardan un parentesco del que llegué a pensar en términos de novela. Sin embargo en el orden del libro no los acomodé cronológicamente para que no resultara obvia la continuidad temporal que los une. En “El árbol” la mujer recientemente viuda de Luciano Armenta ha quedado suspendida en su dolor con su hijo Román de cuatro años, fecha significativa que será retomada al inicio del cuento titulado “Estío”, cuando su hijo Román ya entrada la adolescencia comparte su amistad con Julio, un amigo con el que se establece una tensión erótica en la que se mira el abismo del incesto, y Julio, que en verdad la desea, no es más que el reflejo de ese hijo que ella quiere demasiado cerca.

Al leer Los espejos, me di cuenta de que viví los cuentos como una experiencia, no podía soltarlos... no cabía la interpretación sino la vivencia...

―Yo no quiero interpretar, yo quiero que libremente el lector sienta algo ante esa historia, por eso hablo de trascendencia. No hablo de una trascendencia celeste sino inmanente, quiero que el lector reciba algo más de lo que yo le estoy ofreciendo. Si se cumple soy feliz, si no se cumple me da mucha tristeza.

¿Cuál es el punto de vista narrativo que le ha parecido más atractivo en sus cuentos?

―Hay uno que se llama “Los hermanos”, ese cuento no tiene narrador, es el más difícil, porque aunque lo cuenta ella, no lo puede explicar y nadie lo puede explicar, es un cuento que no tiene narrador.

― ¿“Sarah”…?

―Bueno, “Sarah” es un ensayo para buscar nuevas formas de expresión narrativa; “Sarah” y “De amores”.“Sarah” es un cuento que a mí me gusta mucho, está en cursivas porque quiero que le dé distancia, pero Sarah no me costó trabajo, ella estaba en el centro, muy segura, y ella sabía lo que contestaba. Yo tenía que hacer esfuerzos para preguntar, pero no para que la protagonista de “Sarah” hablara, ella hablaba y hubiera podido hablar más.

Le confesaba que en la primer lectura los cuentos fueron para mi, más una experiencia que una interpretación, en el caso del escritor que los elabora, esa experiencia, ¿está planteada estructuralmente?

―No, está deseada. Para las personas que no leen mis cuentos como historias, se convierten en experiencias que además sirven en determinados momentos para entender otras cosas, otras almas, otras circunstancias, pero aunque no sirviera para nada, la sola experiencia de vivir un acto de la vida diaria más allá de la experiencia cotidiana, me importa mucho y me siento feliz de que los lectores me lo digan.

¿Hasta dónde se puede calcular esa intención?

―Pues sólo hablando con la gente y si su respuesta es afirmativa me felicito porque ya hubo alguien para quien yo escribí los cuentos y si ese alguien se pluraliza, yo feliz. Me han acusado de que mi prosa es muy cerrada. Yo creo que eso no es una acusación, porque lo que mi prosa quiere es ser perfectamente justa con lo que está sucediendo y con lo que piensan los personajes. No quiero que haya palabras de más ni palabras de menos ni me quiero meter en sus asuntos, y los calificativos que los pongan ellos y los verbos que los pongan ellos y yo, a economizar lenguaje para que puedan expresar más. Finalmente lo que más me interesa son los lectores, porque sólo ellos, no la crítica, me van a decir si sintieron algo fuera de lo común.

Aún cuando trate una materia esencialmente polémica, como la crítica literaria, Arredondo insiste e insiste en los recuerdos de la infancia que son paradigma moral y ejemplar legado. Si habla de los críticos, sus preferencias y fobias, también se remite a Eldorado, caldero de recuerdos, monumento de la ejemplaridad que contrasta con el paisaje moral urbano, desfile de apariencias: "descubrí un día que en ningún lugar de México la gente se viste así, ni vive así, ni quiere la cosa fundamental que en Eldorado se quería: el lujo de hacer, no el lujo de tener, de hacer una manera de vivir"... “Me parece, escribe, que en México cada uno se exige por debajo de sí mismo y así se malea muy pronto; apenas pasados los treinta años un "alguien" de México es mucho menos que él mismo a los veinte".

Una tarde nos reunimos para conversar. Me dijo que quería intentar nuevos caminos, alejarse del binomio pureza/prostitución, que la había dotado de ideas nuevas a partir de viejas preocupaciones. Enfrentaba un camino que consideraba peligroso pero planeaba continuar su trabajo literario con el estímulo, más moral que económico, que representaba la posibilidad de recibir una beca del gobierno mexicano. En esa tarde de julio escribió las líneas de un proyecto que cancelaría su repentina muerte en noviembre de 1989. Inés dijo y escribió: "Deseo seguir buscando, con formas quizá nuevas, lo mismo que he buscado hasta ahora, con el propósito de que esa búsqueda se dé en otros terrenos que no sean los de la pareja amorosa, que ha dominado casi por entero mi obra. Me es muy difícil especificar cuales son mis aspiraciones y aunque tengo la esperanza de que se traduzcan en alguno de mis cuentos, intentaré plantear, con la mayor brevedad posible, las preocupaciones que les dan origen”.

"Quisiera que en mis historias, más allá del relato, de los hechos que se suceden en el marco del espacio y el tiempo ficticios, hubiera alguna grieta, un espacio que comunique al narrador y al lector que con él colabora, al adentro en el que se produce el misterio, usar como instrumento lo que se relata para encontrar el otro lado de lo mismo para que tenga diferente sentido, tan real como desconocido, que dé luz, que sea una señal. No creo que ésta búsqueda lleve con frecuencia a signos alegres o positivos pero aspiro a que den a los planos de las historias contadas y que vivimos, un hálito de trascendencia inmanente. Cómo se verá, aunque con excepciones, mi centro es el hombre, sus circunstancias y sus sentimientos".

¿Qué pasó con el ámbito idílico de Eldorado? Quedó atrás cuando Inés partió a Guadalajara a estudiar la preparatoria. Después, la historia es conocida: hizo una licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y una maestría en Literatura. Participó en el Centro Mexicano de Escritores, en la promoción 1961 a 1962 y formó parte de un conjunto de escritores (Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Juan José Gurrola, Huberto Batis) que aglutinó la Revista Mexicana de Literatura. Se casó con el escritor Tomás Segovia y tuvieron tres hijos: Inés, Ana Paula y Francisco.

La enfermedad fue uno de los horizontes de su infancia. Fue un malestar que se prolongó hasta su muerte. Las múltiples operaciones que intentaron resolver un problema en su columna fracasaron y debió permanecer atada a una silla de ruedas. En 1972, unió su vida al médico Carlos Ruiz Sánchez, su compañero último, presencia incondicional y amorosa que mantuvo vivo el júbilo creador de Inés.

Entre sus obras fundamentales están: La Señal (ERA, 1965), Río Subterráneo (Joaquín Mortiz, 1979), Los Espejos, Joaquín Mortiz, 1988), Acercamiento a Jorge Cuesta (SepSetentas-Diana, 1982), y los cuentos para niños Historia verdadera de una Princesa (CIDCLI, SEP, 1984) y El destino (SEP, Colibrí, 1985).

El volumen de Obras completas (Siglo XXI/DIFOCUR, Sinaloa, 1988) reúne sus tres libros de cuentos, un texto leído en el ciclo Los narradores ante el público y el ensayo sobre Jorge Cuesta; sin embargo, no recoge los cuentos infantiles referidos líneas arriba ni el cuento La cruz escondida, publicado en la Revista de la Universidad. La edición se completa con dos ensayos: Inés Arredondo: la dialéctica de lo sagrado de Rose Corral y La pareja y la mirada transgredida en Mariana, de Inés Arredondo de Rogelio Arenas Monreal).

Una última pregunta, ¿ser un profesional de la literatura o un oficiante?

―Escribir es un oficio, absolutamente un oficio...