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Fotográficas Los conjurados. 51 escritores mexicanos / Fotografías de Alberto Tovalín

Los conjurados. 51 escritores mexicanos / Fotografías de Alberto Tovalín

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Una sesión espiritista
Luis Felipe Fabre

Conjurados por la lente de Alberto Tovalín, esta exposición reúne una serie de retratos de escritores mexicanos que el artista ha venido realizando desde finales de la década de los ochenta. En primer lugar, salta a la vista la conquista de un estilo que distingue su trabajo de proyectos similares: su mirada desacralizadora, lúdica, antisolemne, cargada de un humor más alegre que irónico pero nunca exenta de malicia. Y todo esto, sobre el melancólico telón de fondo que le es propio al arte fantasmático de la fotografía. Tovalín propone en sus encuadres una lectura del retratado pero dispara en el instante preciso en el que la “pose” se quiebra (sin desaparecer del todo) para dar paso a la revelación de una verdad impredecible y en ocasiones desparpajada: la irrupción de un espíritu chocarrero. Nada de monumentos fúnebres ni tiesos homenajes: el resultado es justo el contrario al de una estatua de bronce. En este sentido, resulta emblema de su propio trabajo el retrato de Sergio Pitol, en el que, como atinadamente escribió Álvaro Enrigue, “Alberto Tovalín logró captar la risa desafiante del escritor que reinventa el entorno como una broma feliz.”

La cámara desacralizadora de Tovalín despoja a los escritores retratados de toda parafernalia escritural y pose literaria: en la mayoría de las fotos no hay enormes libreros como telón de fondo, ni escritorios, cuadernos o pantallas en blanco; ninguno de los retratados aparece escribiendo, leyendo, declamando o autografiando alguno de sus libros. ¿Será que Tovalín sabe que la literatura básicamente es invisible y que lo que se lee no se ve, aunque pase por los ojos? Desprovistos de su parafernalia, y siendo la literatura invisible, los escritores retratados aparecen, no obstante, en su calidad de escritores. ¿Es esto posible?, sería una de las preguntas que nos plantea la obra de Tovalín. Otra: ¿hay alguna diferencia fundamental entre el retrato de escritores y el retrato a secas?
¿Qué es lo que hace distinta, por ejemplo, la imagen de Carlos Monsiváis hablando por teléfono de la de otro hombre hablando por teléfono? Una respuesta: que es Carlos Monsiváis y ha escrito de todo y publicado en todas partes y su obra ha modificado la idea que tenemos de México. La diferencia, entonces, es la escritura: invisible en la foto, ausente en la imagen, pero que el fotógrafo y el espectador conjuran y hacen presente. Sabemos que ha escrito: vemos la foto por intermediación de un texto, lo hayamos leído o no, y la modifica: es un marco de referencia, un encuadre, pero también un afecto. Tovalín cuenta con ello: mira a Carlos Monsiváis que lo mira mientras habla por teléfono y entonces dispara. Y entonces, lo que vemos, es un hombre que a imagen de su obra está por todas partes: en la imagen, mirando a la cámara, y en otro sitio, en una conversación telefónica que no podemos escuchar: ¿dicta una crónica?

De algún modo, al mirar la imagen de un escritor lo releemos, buscamos en el misterio de su imagen pistas que ayuden a descifrar el misterio de su escritura. Hay algunos casos, como el de Mario Bellatin, donde parte de la propuesta literaria pasa por la representación y la inscripción que de su propia imagen hace el autor desquiciando al máximo los límites entre la ficción y la realidad. Pero, la más de las veces, la búsqueda de estas pistas es vana: al misterio del texto se le viene a sumar el misterio de la imagen del cuerpo. El resultado de la suma puede ser una cifra desconcertante. Entonces, a la manera de uno de los personajes de Felisberto Hernández al momento de conocer a un escritor al que había leído previamente, exclamamos: “Usted no es como me lo imaginaba... siempre me pasa eso. Me costará mucho acomodar sus cuentos a su cara.”

Puede suceder, no obstante, que la imagen del escritor se compagine sorprendentemente con la imagen que de él nos hemos forjado a través de su escritura. En cualquier caso, al mirar el retrato de un escritor lo que queremos ver es lo que no se puede ver: la literatura, pero ésta se inscribe en la imagen por su ausencia y como una condición previa para que en verdad se trate de eso y no de otra cosa: el retrato de un escritor. En n las imágenes de Tovalín la literatura se hace presente en su invisibilidad. En verdad, en estas fotos la literatura es el fantasma.
Y ese fantasma, a veces, se manifiesta gracias a la cuidadosa espontaneidad con la que trabaja Tovalín. Eso es lo que veo en la foto de Mayra Inzunza: un luminoso espectro proyectado en la pared que hace las veces de página. Y también en la estrella inscrita como un alfabeto milenario en el muro sobre el que se recarga José Homero. O en el retrato de María Rivera, donde un doloroso poema acontece, una elegía que tiene lugar en la mesa que deviene libro, en la distancia tensísima y en el vacío que se despliega entre la poeta y un ramo de rosas secas a un extremo y otro de la mesa.

En la fotografía de Tedi López Mills veo esa fascinante oscilación entre la intimidad y la distancia crítica que leo en sus poemas y sus ensayos: una suerte de amorosa ironía, como si ella misma hubiera emplazado la cámara a una distancia prudente y luego retara al espectador a mirar de cerca en un ejercicio tan seductor como imposible.
A pesar de los años que han pasado desde que fue tomada la foto, alcanzo a distinguir, en el retrato colectivo de autores nacidos en los sesenta (a excepción de Guilllermo Fernández que nació en 1932), a Mario González Suárez, Rosa Lira Saade, Enzia Verduchi, Roxana Elvridge Thomas, Ernesto Lumbreras, Pedro Guzmán, Ignacio Padilla, Omar Ocampo y Jorge Fernández Granados. Están parados en las vías del tren: ¿a la espera? Y detrás puede apreciarse un edificio en construcción: tal es la imagen de su obra, en verdad, por entonces, una obra en construcción. Miran hacia ese futuro que, por el momento, somos nosotros. Nosotros que sabemos algo de ellos que, en la foto, ellos mismos aún desconocen: la forma que ha ido tomando el edificio. Nosotros que ya leímos –o no– los libros que han escrito desde entonces.

Uno de mis retratos preferidos es el de Juan Villoro: la amable elegancia de su figura contrasta con su puño cerrado. El puño cerrado: una idea, un sentimiento, una fuerza. El puño cerrado: el núcleo intenso, la semilla, el violento punto de inicio de una espiral que se va desplegando suavemente. El puño cerrado: en el puño cerrado de Juan Villoro, Tovalín retrató un corazón latiendo.

Pero hay algo más en ese retrato que llama mi atención: a ciertos golpes de vista parecería como si Villoro encarnara, por un instante, a un escritor ruso cuyo nombre ignoro. Como si además de ser Juan Villoro, autor de Efectos personales, fuera también otro: un autor desconocido que acabara de escribir una vieja novela llena de mujiks: ah, qué coloquio de fantasmas.
Sí, tal vez el verdadero retrato de un escritor consista en eso: la superposición del fantasma de la literatura y el fantasma del cuerpo: un doble espectro. Sí, Los conjurados: espectros que se buscan y se encuentran, la imagen fotográfica como una sesión espiritista donde Alberto Tovalín, con agudeza y humor, conjura, dispara, sorprende como médium.

 


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